Blog > 22 November, 2016 - 06:34 > 35-de viaje

El autobús, en el que todos van dormidos, rebasa un camión cargado de reses, es el segundo que veo desde que desperté a eso de las ocho y media, al pasar el primero no le di ninguna importancia al hecho de que todas las reses tenían su cabeza orientada hacia mi lado, es decir el izquierdo, pero cuando rebasamos el segundo sólo alcanzo a ver los cuartos traseros de los animales.

Me paro a pensar: ¿tratarán las reses de organizarse de manera que sus cabezas queden del mismo lado?.Así lo creo, lo que me lleva a otra reflexión: ¿no es verdad que no le damos a nuestras cabezas el mismo tratamiento que al resto del cuerpo?, pareciera que la cabeza fuese la tractora del trailer de vísceras, músculos y huesos con el que cargamos, pareciera que sea cual fuere el animal en cuestión éste reconociera su propia cabeza como la artífice de sus más profundas pasiones y de las relaciones más íntimas y, el cuerpo del que ella tira, una simple factoría necesaria e incómoda. 
Y este absurdo filosofar entre campos de maíz, poblachos, ciudades desconocidas, tráfico, lluvia que moja las primeras horas de un Sábado que presumo largo, me lleva, en ese frenesí de conexiones neuronales absurdas creadas en años y años de preguntarme cosas de tan escasa trascendencia, a otra profunda y necesaria reflexión: ¿porqué si siendo nuestra cabeza la parte más importante, la maquinadora, la encargada de lidiar con lo cotidiano y lo extraordinario y la que tiene el deber, y el derecho, de controlar los aspectos más importantes de nuestra vida -hago este “nuestro” inclusivo a toda la vida animal (con cabeza)- tenemos la función reproductora- en el caso más aburrido, o sexual, en el otro caso- tan alejada de ella?, ¿qué puede deducirse de esto? .
Trato de responder a esta fundamental pregunta mientras el bramar del autobús levanta el vuelo de unas garzas hasta ese momento tranquilas en su pequeña charca, todas de un blanco nuclear, como aquel detergente y todas encaramadas a dos arbolitos secos y seguramente podridos que hunden sus raíces en el fondo del agua muertos, pero no vencidos, siguen albergando vida de animales con cabezas que tiran de cuerpos que vuelan con gónadas alejadas del centro de mando.

Rebasamos un camión en el que se lee “grado alimenticio” no consigo articular un significado para estas dos palabras juntas pero por alguna razón mi cabeza me lleva, sin cuerpo, sólo así, de pensamiento, a recordar los menús en los restaurantes del estado en Cuba donde podías leer: “subproducto del cerdo” como uno de los apetitosos platos. 
Y quién sabe por qué me entra hambre de chilaquiles, un manjar mexicano muy poco exportado.

Un claro entre las nubes deja un paisaje de campos de maíz y amaranto, donde a cada tanto un árbol se niega a desaparecer, al fondo una sierra anegada de nubes que han conseguido escalarla y bajan hacia el llano tirando, como cabezas, de sus cuerpos húmedos.

Veo un joven subido a su mula vigilando sus ovejas en un postura que dice: “la mula, las ovejas y yo, somos un uno indivisible” y me acuerdo de mi padre y cómo es capaz de lidiar con sus animales ,con esa naturalidad que da el haberlo mamado, después de no haberlo hecho en 50 años.

Y no parece que vayamos a parar a desayunar y eso me preocupa, pero también me da sueño.

Para este viaje, que se prometía largo y aburrido, me parapeté con tres nuevas adquisiciones literarias que pretendía devorar, todas ellas de Javier Pérez Andújar, un tipo del que no sabría absolutamente nada de no ser porque mi querido Sergi escribió acerca de lo acertado de su discurso - el de Andújar- en las fiestas barcelonesas de la Mercé. Lo he masticado, el primero de ellos ”paseos con mi madre” en unas horas, no sé cuanto tardaré en digerirlo.

Barcelona, como tantas otras ciudades pertenece a los vencedores, los ganadores, lo herederos, los poseedores de un apellido con ancestros, los que conservan las cosas como siempre han sido. Estas gentes se adueñan de todo y de todos y expulsan todo y a todos los que no son de su clase.

La clase que huyó de la miseria del campo para llegar a la miseria de la ciudad es la que donó sus mártires a las causas sociales de todos los países, no fueron los partidos ni los partidarios, fueron los hijos de una miseria a los que se requería para construir y agrandar el capital de unas ciudades que nos los quería como ciudadanos.
Es lo mismo en todas las ciudades que he visto, la Ciudad de México lejos de ser una excepción es un ejemplo magnífico de como la ciudad de unos vive de espaldas a las necesidades de los otros.

Las conquistas sociales se ganaron en batallas entre esa migración interior y los que defendían a una clase que no les pertenecía.

No hay cosa mas estúpida que un súbdito defendiendo a un rey.

En los pueblos las cosas nunca fueron iguales, hace falta una industria que una a la gente y en los pueblos en los que no había un cortijo o un terrateniente al que odiar o alabar era más difícil unirse.
Además los daños de una organización en un pueblo no son comparables a las grandes huelgas con efecto dominó en los cinturones industriales.

Es por eso, creo yo, que en mi pueblo hay tanto obrero de derechas, tanta gente en los pueblos que defiende una patria y un rey y un sistema de cosas por la sola virtud de haber sido siempre así.
Según me cuentan en México pasa más o menos lo mismo, el PRI gana en las zonas rurales, las mismas en las que gana el PP en españa, sí, con minúscula.

Aún quedan unas horas de viaje, ahora en un paisaje más norteño, no tan húmedo.

Pero en fin.

Narcorrea divagando.

Salut¡

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