Blog > 9 May, 2017 - 18:36 > 39-VIAJES

El sol se abre paso entre una finísima cortina de nubes a mi izquierda, viajamos al sur, de Monterrey a Zacatecas, de una ciudad fea, desproporcionada, rica e inculta a una ciudad pequeña, fría, amable y preciosa.

Será mi segunda vez en Zacatecas, en Monterrey ya he estado demasiadas.

 

El desierto al amanecer me apasiona, vasta inmensidad de terreno yermo pero verde.

La neblina del rocío del alba me impide llegar a sus límites con la vista, las caprichosas formas que eligen los matojos, palmeras y cactus para alcanzar su sueño de tocar el cielo, la silueta casi imperceptible de la sierra allí al fondo, el color que pinta el sol mientras despierta, los poblados de bloques de cemento, las camionetas destartaladas en cualquier patio,las antiguas construcciones de adobe, los neumáticos de camión con la leyenda “vulca”, los perros al sol, el ganado tranquilo, los restaurantes destartalados, las enormes extensiones valladas de los ranchos, esa tierra blanquecina, lavada, estéril pero llena de vidas.

Siempre me imagino en un caballo navegando por estos mares de arena, conduciendo ganado, durmiendo al raso, buscando agua, sobreviviendo, soñando.

Me pregunto a donde llevan esos caminos que se adentran por entre el vallado, que gentes viven aquí, cómo y porqué.

Deseo ver aparecer un tren con su columna de vapor y humo en el horizonte, pero sólo aparecen camiones de doble semirremolque, los nuevos colosos del transporte, mas eficientes, rápidos útiles pero menos agradables a la vista.

 

Y en este instante una señalización en la que se lee “Bonanza 15”, México mágico.

 

Una vaca solitaria con su bebé recorriendo esas sendas que se crean a fuerza de pezuña.

 

Subimos una tachuela y al bajar llegamos a un oasis con una pequeña población y un cuartel del ejército donde nos paran para una pequeña inspección de rutina.

 

Toda ésta introducción para hablar sobre algo de lo que quería escribir hace tiempo: el uso del espacio público en México.

 

No hay que olvidar que México es una democracia mucho más antigua que la Española y, pese a la ola de violencia, corrupción, miseria y mafia que venden los medios es un lugar maravilloso por miles de razones. Yo suelo fijarme en las más peregrinas pero no por eso menos importantes:

 

El mexicano revindica sus plazas, parques, banquetas (aceras), monumentos, iglesias, universidades, playas, etc. como suyas que son y las usa de mil maneras:

 

Me encanta ver en las ciudades esas plazas en las que se organiza un baile para gente de cierta edad; llegan ataviados con sus mejores galas y bailan danzón, cantan rancheras, ligan, se divierten.

En las plazas durante el día hay gente que ofrece todo tipo de servicios, algunos que se reúnen para hablar de problemas en común de una vecindad, un colectivo, un gremio. Se organizan actividades de todo tipo presumo que por la iniciativa privada de unos cuantos.

Los parques se llenan de parejas de enamorados genuinos, de amantes que esconden su infidelidad, parejas de todas las edades, tipos y estrato social que se besan apasionadamente sin ningún tapujo.

Hordas de gente haciendo deporte, malotes fumando marihuana mientras realizan acrobacias en alguna de las instalaciones al efecto, o no. Grupos auto-organizados de gente más mayor tratando de atrasar el anquilosamiento. Organizaciones juveniles haciendo actividades de su respectivo colegio, puestos de todo tipo vendiendo lo inimaginable.

Yo voy a correr, a hacer ejercicio junto a los malotes y a pasear a mi Lola y mi Rosi como hacen cientos de perritos cada día.

 

Los domingos en CDMX se habilita al peatón gran parte de Reforma (una avenida enorme por el centro pijo de la ciudad), algunas calles del centro histórico, buena parte de Durango y División del norte, más de 50 kilómetros de vías urbanas que son utilizadas por miles de personas cada domingo para correr, montar en bici, pasear a sus mascotas, patinar. Yo voy a correr siempre que puedo con Lola y Rosi, voy muy pronto, casi cuando lo están cortando al tráfico como a las 7:30 de la mañana, a esa hora voy muy a gusto porque no hay casi nadie, a medida que avanza el día se producen atascos de bicis en los semáforos.

 

También los Domingos y en menor medida los Sábados las plazas y parques se llenan de gente y algunos aprovechan para sacarse unos pesos, hay quien renta bicis, carritos a pedales para los niños, otros más grandes para toda la familia, coches eléctricos para los pequeños, puestos de botanas (aperitivos), masajes, lecturas de cartas,tarot, manos y lo que se te ocurra. Músicos callejeros etc.

 

Me envidia y me maravilla el apoderamiento que hacen de ese su espacio, una cosa más que hay que aprender.

 

Este mes, el de Mayo, es el mes de las madres, algo que parce ser que se celebra mucho por estos lares, curioso o quizá precisamente por eso que en un lugar tan increíblemente machista como es México se celebre tal cosa.

 

Voy leyendo un nuevo libro, nuevo para mi, de Andújar y paro en un lugar donde habla de su madre, educada en las escuelas republicanas, emigrante forzosa por la guerra y posguerra y pienso en las madres que conozco y en la mía.

Mi madre es una persona especial, feminista pionera seguramente sin saberlo, aprendiendo como se aprenden las cosas dolorosas, rápida y fácilmente. El mundo en el que nació y creció mi madre tiene poco que ver con el de ahora pero creo que sí se parece al mundo mexicano actual en algunos aspectos.

En los años cincuenta la posguerra ya había dejado paso a cierta prosperidad, las guerras ya habían acabado hacia tiempo y la normalidad de la dictadura era normal para quien había nacido en ella, la miseria de algunos, muchos, la mortandad infantil, el trabajo desde niño era lo habitual.

Mi madre se casó joven con un emigrante andaluz, uno de tantos, obligado a buscarse las habas en lugares más amables.

Mi padre, lejos de ser el típico hombre de su época y de su sitio, fue soñador y emprendedor a su manera, la única que sabía o podía imaginar. Mi madre, rebelde desde niña, no tardó en darse cuenta de las injusticias del mundo que la rodeaba y decidió ser la arquitecta de su destino consiguiéndolo en la única manera que había entonces para alguien de sus orígenes, trabajando, no dependiendo de nada y nadie.

Mi padre es machista como todos los hombres lo somos nos demos cuenta o no, pero en muchísima menor medida que la mayoría de la gente de su alrededor generacional y geográfico.

Mi madre es feminista hasta la médula pero aún así una mujer de su tiempo, privilegiada en muchas cosas.

Ambos son personas de admirar por conseguir haber hecho de su vida lo que más o menos quisieron. Mi padre me contaba no hace mucho que de joven escribió a la embajada australiana para ver si conseguía trabajo allí, soñador como yo sueño ahora a mis 40 mientras él hacía eso a sus 20, la vida se ha dilatado mucho desde entonces. Mi madre soñaba, creo, con la independencia para sí misma y para los suyos.

Madre como la mía hay pocas, trabajadora inagotable, con capacidad para entender cosas que no entendía, lejos, muy lejos, de mucha de la gente de su época y sitio.

Una mujer que vivió una infancia muy surrealista, criada por su abuela, sus tíos, sin padre, no debió ser fácil. Mi padre abandonó su pueblo antes de los 20 y nunca más volvió, siempre sólo, siempre lejos para casi todo, sé que lo ha sufrido y lo sufre.

Yo también lo sufro como no puede ser de otra manera, siempre fuera, siempre lejos.

Los admiro a ambos y lo quiero por los mismas cosas que a veces no los soporto, pero eso es inevitable en las familias me temo.

 

En mi vida y por razones que no vienen al caso, he tenido la suerte de conocer a muchas familias que me han abierto sus casas, he conocido varios tipos de madre y me alegra ver que, pese a todo, las madres cada vez son más libres y los padres menos machistas aunque de todo hay.

He visto hijas que cuentan todo, todo, a sus madres, madres separadas, solteras, jóvenes, mayores, amas de casa (trabajadoras todas), asalariadas, empresarias, emprendedoras, soñadoras y todas, todas amantes de sus hijos.

La única esperanza que tengo del mundo es que la gente joven es mejor, más consciente, mas cariñosa, más empática de lo que yo fui y soy. Eso sólo se explica por el trato que sus padres han tenido con ellos.

 

En México sin embargo el machismo es algo troncal, estructural, cultural. La mujer en muchos casos está relegada al área doméstica le guste o no, es discriminada de manera más que injusta en todos los aspectos de la vida. En las comunidades más desfavorecidas se pasan el días lavando ropa a mano (como hace 60 años), cuidando de los niños (muchos), cocinando, limpiando, aguantando violencia, ninguneo (institucional), es un vergüenza y, lo realmente horrible de eso es que ves a gente joven repitiendo patrones grabados a fuego en la cultura. Por supuesto hay excepciones pero lo normal es eso. Parejas que se casan con 20 años, ella pasará el resto de su vida en casa y él tendrá amantes, viajes, vida y carrera. Es una pena, pasa en todos los estratos y en todas las áreas.

 

Anna que es joven, mujer, moderna, empática, sensible no lo puede entender y lo sufre más si cabe porque nació en un lugar y en un tiempo en el que eso ya (o casi) pasó a la historia. Yo sufro por ella pero todo saldrá bien, como siempre.

 

En fin.

 

Y así, poco a poco, sin darte cuenta el desierto se va abriendo, van apareciendo algunas tierrar labradas, empiezan a brotar campos de regadío, vuelve el verde, ese verde que no es igual que el del desierto, un verde más fresco, más intenso, más brillante. Ya queda poco para Zacatecas. Hoy dormiré allí me veré con mis queridos amigos Abdel y Chels.

 

Narcorrea desde el norte

 

 

 

 

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